Expresionismo. Un arte de cine
hace 5 meses · Actualizado hace 5 meses
Por primera vez en España, una exposición única revela el intenso diálogo entre el expresionismo y el cine durante las primeras décadas del siglo XX. En ella el visitante descubrirá cómo este movimiento vanguardista buscaba fundir arte y cine en una experiencia total, construyendo un universo estético y emocional que sigue vivo más de un siglo después. Desde El gabinete del Dr. Caligari hasta Metrópolis, pasando por los paisajes urbanos de Otto Dix o los rostros desgarrados de Käthe Kollwitz, la exposición invita a adentrarse en un imaginario inquietante, radical y fascinante.




El recorrido combina 152 obras y fragmentos cinematográficos para llevarnos por un viaje único al corazón del expresionismo, cuya huella resuena todavía en el arte contemporáneo y en el cine de creadores como Tim Burton, Guillermo del Toro o David Lynch.
FORMA / DEFORMACIÓN
La distorsión de las formas exteriores como expresión de crisis interiores -ya sean psicológicas, sociales o existenciales- constituye una de las características fundamentales del expresionismo. Calles, paisajes, rostros y figuras … nada escapa a la deformación expresiva de los artistas alemanes del periodo de entreguerras, como puede observarse tanto en las artes plásticas como en el cine de la época.
La ciudad aparece representada como un ente devorador que absorbe a sus habitantes en un entorno mecánico y opresivo. Esta visión se aprecia en películas como El Golem (Paul Wegener, 1920), cuyos escenarios, diseñados por Hans Poelzig, recrean el gueto judío de Praga con casas torcidas y muros inclinados que evocan un mundo siniestro. Algo similar ocurre en obras pictóricas como La vieja
fábrica (1920) de Walter Dexel y Viaducto (1924) de Erich Drechsler, o en estampas como Calle en Soest (1911) de Christian Rohlfs, donde la ciudad adquiere formas angulosas y caóticas.
La deformación también se aplica a la figura humana, despojada de la armonía clásica para proyectar el malestar interior, en sintonía con las teorías psicoanalíticas de la época. En Nosferatu: una sinfonía del horror (F. W. Murnau, 1921), el Conde Orlok, con su cuerpo demacrado y sus rasgos monstruosos, encarna pulsiones destructivas y miedos reprimidos. En El gabinete del Dr. Caligari (Robert Wiene, 1920), la escenografía distorsionada refleja la locura, mientras que en Dr. Mabuse: el gran jugador (Fritz Lang, 1922) la deformación visual subraya la manipulación psicológica ejercida sobre los personajes hipnotizados, como metáfora de la vulnerabilidad social.
Otro rasgo esencial del expresionismo es la influencia del desarrollo tecnológico y la industrialización que transformaban Europa en esas décadas. La figura humana deja de concebirse como una unidad armónica y pasa a entenderse como un simple engranaje. Esta abstracción -el hombre convertido en máquina- funciona como analogía de la instrumentalización del ser humano dentro de una sociedad sometida a fuerzas impersonales, como la disciplina militar o el trabajo fabril.
En Metrópolis (Fritz Lang, 1927), los obreros, con movimientos repetitivos, aparecen como extensiones de la maquinaria, mientras que el robot María, híbrido de lo humano y lo mecánico, encarna el temor a la deshumanización propia del expresionismo alemán. Esa misma idea se encuentra en la escultura Formas orgánicas, hombre caminando (1921) de Rudolf Belling, que propone un nuevo tipo de ser humano artificial y robótico, evocando, como si del monstruo de Frankenstein se tratara, el horror ante la modernidad.








SUEÑO Y TRAUMA
El arte y el cine expresionistas fueron espejos de los miedos y los deseos reprimidos de una sociedad devastada por la Primera Guerra Mundial. El trauma de la posguerra generó un individuo marcado por la neurosis y la locura, que se transformó en el centro de una producción estética destinada a hacer visible el malestar invisible. Con trazos deformados, rostros crispados y atmósferas opresivas, el movimiento plasmó la angustia colectiva y la fractura interior.
En sintonía con las teorías del psicoanálisis, el expresionismo sostuvo que la vida psíquica excede lo racional. El inconsciente, los sueños y las pulsiones reprimidas emergieron en narrativas que parecían ilustrar las teorías de Sigmund Freud. Así, el arte se orientó hacia la exploración del inconsciente, mientras que el cine proyectó traumas y fantasmas colectivos a través de imágenes de pesadilla. Películas
como Misterios de un alma (G. W. Pabst, 1926) ejemplifican esta conexión, al mostrar la neurosis de un profesor atrapado en fobias y deseos homicidas tras un hecho traumático. Otro hito fundamental es El gabinete del Dr. Caligari (Robert Wiene, 1920), donde Cesare, el sonámbulo, encarna la pérdida de voluntad y la manipulación psíquica, mientras Francis, el protagonista, revela la confusión entre
delirio y realidad, sueño y vigilia.
La mujer ocupa un papel central en este universo. En una Alemania que experimentaba transformaciones sociales -con el acceso femenino al voto, a la educación y a la esfera pública- el expresionismo contó con creadoras notables como las pintoras Käthe Kollwitz y Paula Modersohn-Becker o la guionista Thea von Harbour.
Sin embargo, en la representación artística y cinematográfica, la mujer siguió apareciendo como figura ambivalente: frágil y víctima, pero también objeto de deseo o amenaza. Su iconografía osciló entre la "mujer frágil"-inocente y dominada-, la "mujer fatal" -independiente y seductora- y la "madre doliente", símbolo de sacrificio y duelo.
Käthe Kollwitz, Max Kaus y Frans Masereel plasmaron mujeres atravesadas por el dolor, muchas veces despojadas de belleza idealizada, incluso con rasgos andróginos. En el cine, la ambivalencia se intensifica: Jane en El gabinete del Dr. Caligari es víctima pasiva de la manipulación, Ellen en Nosferatu se sacrifica
para salvar a su ciudad de la destrucción que ha traído consigo el Conde Orlok y María en Metrópolis encarna tanto la figura angelical como su doble mecánico y erótico. Todas ellas catalizan los miedos y obsesiones masculinas, convirtiéndose en claves simbólicas para comprender la dimensión psíquica y traumática del expresionismo alemán.






EL MONSTRUO
En el arte y el cine expresionistas, el monstruo surge como metáfora de la fragilidad humana y de los traumas colectivos provocados por la guerra, la derrota y la inestabilidad política de la posguerra. Su figura encarna la descomposición de un mundo moderno en crisis, reflejando tanto la muerte como la locura, la enfermedad, el desgarramiento interior y la dualidad moral. El expresionismo convierte lo demoníaco en un recurso estético y simbólico para explorar la tensión entre materialidad y deseo, entre lo real y lo soñado, mostrando cómo el mal seduce y escinde al individuo.
El cine expandió este imaginario con una galería monstruosa: el sonámbulo Cesare en El gabinete del Dr. Caligari, el gólem en la película del mismo nombre, el robot María de Metrópolis y, sobre todo, Nosferatu. Esta última figura se erige como el monstruo expresionista por excelencia: no solo es un vampiro, sino también un símbolo del miedo colectivo, de la peste y de la irrupción de lo irracional en la vida cotidiana. Su cuerpo alargado, su sombra desmesurada y su rostro cadavérico condensan el terror a la descomposición física y espiritual. Nosferatu es más que un depredador sobrenatural: representa la amenaza invisible que invade la comunidad, el mal que acecha desde lo externo pero que refleja los propios temores internos de la sociedad derrotada.
Junto con los monstruos físicos, el expresionismo también cultivo al monstruo psicológico: la ambición desmedida, la corrupción moral o la demencia, visibles en películas como Dr. Mabuse: El gran jugador (1922). Sin embargo, es en Nosferatu donde se condensa con mayor potencia la esencia expresionista: el mal como sombra omnipresente y espejo de la vulnerabilidad humana.











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