Marcha para la ceremonia de los turcos, Jean-Baptiste Lully

hace 22 horas · Actualizado hace 22 horas

Breve pero significativa composición de apenas tres minutos que forma parte del acto IV, escena 5, de El burgués gentilhombre, la comedia-ballet estrenada en 1670 con texto de Molière. Esta marcha acompaña uno de los momentos más celebrados de la obra: la falsa ceremonia en la que Monsieur Jourdain, el protagonista, es investido con el título de "Mamamouchi", una supuesta dignidad de la nobleza turca. La escena, cargada de ironía y humor, ridiculiza las aspiraciones aristocráticas del burgués mediante una parodia de rituales orientales. Lully, quien además de compositor interpretó el papel del muftí en el estreno ante Luis XIV en el Castillo de Chambord, logra con esta pieza una música ceremonial que, bajo su aparente solemnidad, subraya la comicidad de la situación.

Texto completo del programa de mano de la OCNE:
En la muy famosa Oraison funèbre de Molière (1673), escrita por el periodista e «historiographe du roi» Donneau de Visé, se describe al dramaturgo como un «comediante de los pies a la cabeza…; todo en él hablaba, y con un paso, con una sonrisa, con un guiño de ojo o un movimiento de cabeza hacía creer más cosas que cualquier gran orador».
Atrás quedaban los furibundos ataques que el joven Donneau de Visé había hecho a Molière a propósito de la comedia La escuela de las mujeres.
Lo aclara el bibliófilo Paul Lacroix Jacob, en el prefacio a la «Oraison» publicada en 1879, señalando que Molière hizo de él un amigo, tras proponerle representar sus propias obras en el teatro del Palais-Royal. De Vizé, huérfano de cariño, aspiraba a abrirse camino en el mundo literario, meta que consiguió tras hacerse apologista de ese «gran reformador de todo el género humano», y gran histriónico que fue Molière. Al dramaturgo francés se debe la «comédie-ballet» Le Bourgeois gentilhomme (1670), considerada una de sus obras más acabadas. No es casualidad que se trate de una burla sobre el deseo humano de ser lo que no se es, y el ridículo al que conduce ese engaño. En el centro de la comedia está Monsieur Jourdain, burgués rico de mediana edad que
decide convertirse en aristócrata. Contrata maestros de música, danza, esgrima y filosofía; encarga trajes extravagantes; aspira a conquistar a una marquesa… y en el camino se convierte en el hazmerreír de todos, incluidos sus propios profesores. La «Marche pour la cérémonie des Turcs» llega en el momento culminante de la obra, cuando Monsieur Jourdain se somete a una falsa ceremonia de integración a la religión musulmana. Un muftí lo nombra Mamamouchi, una supuesta condición de alta nobleza. Aparece entonces un príncipe turco dispuesto a desposar a su única hija. En realidad se trata de su novio, a quien Jourdan rechazaba.
La sátira social, la crítica a las enseñanzas que son caricaturas del saber vacío, el afecto que rodea a un hombre genuinamente entusiasmado, casi infantil… demuestran el talento de Molière y la soltura bufonesca con la que se presentaba ante Luis XIV.
Pero el rey no le iba a la zaga. El estreno se hizo el 14 de octubre de 1670 en el Castillo de Chambord, que destaca por ser el más grande de los châteaus del Loira. Molière asumió el papel de Monsieur Jordain, con el bagaje de trece años como actor itinerante, y el compositor Jean-Baptiste Lully, habituado a lo cómico, bailó el papel del muftí. Tras la representación, Luis XIV quedó mudo; en un silencio devastador. Molière creyó haber fracasado. Según cuenta en sus memorias Charles Varlet, La Grange, miembro de la compañía de Molière, la segunda representación, en el no menos modesto castillo de Saint-Germain-en-Laye, sirvió para que Luis XIV elogiara extraordinariamente la comedia. Al fin y al cabo, él la había encargado para ridiculizar a los turcos que, en 1669, le habían ninguneado por acción de su embajador Suleiman Aga. Frente al monarca, pomposamente vestido con brocado y oro, diamantes y un gran sombrero con buqué de plumas, Suleiman apareció con un simple abrigo de lana y sin hacer la reverencia protocolaria. Pero el destierro en París trajo ciertas alegrías: Suleiman fue el introductor del café en la sociedad parisina y sus extravagantes «ceremonias de café», servidas en su casa por camareros vestidos al estilo otomano, desencadenaron la moda de lo turco y oriental, y los adornos con turbantes y caftanes en alternancia con alfombras y cojines. De Vizé constata que Molière fue el inventor de la ópera, de la que Lully se apropió: «Él fue el primero en inventar la manera de mezclar en las comedias escenas de música y de ballet… lo que ha dado lugar en Francia a estas famosas óperas que hoy hacen tanto ruido». En juego estaba la reformulación de un género obligado a equilibrar palabra (defendida por Molière) y música (en manos de Lully) a través de una discusión que define la propia historia de la música escénica.

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